CRÓNICAS

Una noche feliz en la Romareda

Jorge Rodríguez Gascón. 

alvaro vazquez

El Zaragoza logró una victoria imprescindible ante el Oviedo (2-0). Un triunfo que llegó en la segunda parte, fruto de una intervención mágica de Cristian Álvarez y del olfato de Álvaro Vázquez. El delantero catalán firmó en el último tramo un gol para el recuerdo. Selló de ese modo una noche feliz para el Zaragoza, que jugó en el primer tiempo y acertó en el segundo.

“Pocos equipos nos superarán en intención”, dijo Víctor Fernández tras el empate ante el Rayo Majadahonda. Y esa sentencia, sigue vigente en cada partido. El técnico ha conseguido que el Zaragoza no negocie el dominio de los encuentros, que sea fiel a una propuesta y que arrincone al rival en su campo. Un plan de partido que no despreciaba el Oviedo, que crece a partir de la carrera de Yoel Bárcenas, del desmarque de Joselu y del lanzamiento eficaz de Tejera. Supo aliviarlo el Zaragoza a través de una idea, de un fútbol pausado y sensato. Pero ese plan no fue suficiente para sorprender, en muchos tramos del juego, al equipo de Anquela. Alejó eso sí, el peligro de su terreno, donde Cristian Álvarez se reservaba para su milagro de casi todos los días. Si en el primer tiempo alguien propuso algo distinto ese fue James Igbekeme, que juega al ritmo de la calle, como si entendiera que el fútbol es una forma de entretenimiento y no solo una profesión. Como si despreciara el rigor táctico y se entregara a sus propias sensaciones. Su desorden le convierte en un jugador indescifrable, desmedido, generoso hacia la portería contraria y la propia. Ningún futbolista superó en el primer tiempo a James Igbekeme en intención. Jugó sin miedo al fallo, con esa predisposición al riesgo que le hace tan diferente al resto.

El primer tiempo acabó en empate a cero, presidido por el respeto mutuo de los dos equipos. El Zaragoza no lograba desnudar a un plantel que se aplicaba en defensa, que se entregaba a las coberturas, que parecía cómodo alrededor de su propia área. Solo hubo noticias de las porterías tras algún disparo tímido de Pombo, una ocasión manifiesta de Delmás y un remate de cabeza de Mossa. Algo cambió en el segundo acto, donde ambos equipos se entregaron sin reservas. El Zaragoza ganó ritmo en el juego, buscó la portería de Champagne y encontró dos ocasiones para adelantarse. En ellas, ni Zapater ni Papu pudieron cerrar dos bonitas jugadas colectivas. También se liberó el Oviedo, que mostró  los argumentos que le han convertido en uno de los equipos más en forma de la competición. Cuando el partido se convirtió en un intercambio de golpes, el Zaragoza venció en las áreas. Disfrutó de un penalti el Oviedo y también lo disfrutó Cristian Álvarez, feliz en el papel de salvador. El portero argentino intuyó el lanzamiento de Alanís y mostró sus reflejos en la parada y en el rechace posterior. La Romareda se entregó a Cristian Álvarez, su futbolista predilecto, y el Zaragoza se sintió vencedor del duelo. La entrada de Soro mejoró al equipo aragonés, Igbekeme se desplegó por el costado, Guitián ganó los duelos individuales e inició el juego, Eguaras planeó las jugadas y Zapater se desfondó en la disputa. Progresó el Zaragoza por el lado izquierdo, donde cayó Álvaro Vázquez en busca del gol. Un premio que no tardó en llegar.

El primer tanto se inició en una jugada personal de Soro, en la que, tras dos quiebros, peleó un rechace que parecía intrascendente. La lucha favoreció a Vázquez, que estaba al límite del fuera de juego. Al delantero catalán no le suele cegar la proximidad del gol y mostró su sangre fría ante el portero (1-0). El tanto indultó a Vázquez y adelantó al Zaragoza en el marcador, una sensación que Víctor Fernández todavía no conocía en su regreso al banquillo de la Romareda. Vázquez, que había fallado poco antes un gol cantado, guardó lo mejor para la sentencia. Tras un córner, batió a Champagne de escorpión, en un gesto técnico que dará la vuelta al mundo (2-0). Su recurso, plástico, impecable en la ejecución, era también el único escorzo posible. Su segundo tanto sirvió para aparcar las dudas que ha generado su rendimiento, y también como una bonita estampa de su calidad y de su paso por el Zaragoza.

El equipo aragonés tuvo ese punto de acierto y de fortuna que distingue a los vencedores de los vencidos. En una noche feliz para la Romareda, el Zaragoza se aleja otra vez de sus miedos.

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