OPINIÓN

El mejor de los nuestros

Rafael Rojas Serrano.

victor fernandez (by marca)

El regreso de Víctor Fernández al Real Zaragoza es la noticia del año. La mejor noticia en muchos años. Cuando incluso los zaragocistas más pertinaces en cultivar el optimismo nos ofuscamos y derivamos hacia un estado a medio camino entre una conservadora incredulidad y una radical rabia, aparece el mejor de entre todos nosotros para decirnos: “Tranquilos, contad conmigo para echar una mano”. Y eso nos alivia el dolor como ningún otro analgésico.

“El peligro es real, no es en absoluto ficticio”, advirtió en su presentación como nuevo entrenador del Real Zaragoza. El peligro no es otro que descender a Segunda División B y la consecuencia, la liquidación del club y su desaparición. Ni más ni menos. La cuestión a resolver es de envergadura, desde luego, pero Víctor Fernández reúne cualidades fundamentales para acometer el enorme reto planteado y asumido: fe inquebrantable en su equipo e ilusión sin límite para sacar del pozo al club de su vida.

Y, por encima de todo, esa pasión inconcebible para quienes no practican el zaragocismo. En el caso de Víctor Fernández, una pasión adolescente desbocada cada vez que Arrúa se arrimaba a la grada para celebrar un gol y abrazarse con chavales como el técnico, capaces de casi todo por acudir a la fiesta de La Romareda. Una pasión encauzada después en el banquillo, como gestor de una de las plantillas más asombrosas de la historia del Real Zaragoza.

En su comparecencia ante los medios se escucharon expresiones como ‘vínculo para siempre’, ‘la lealtad es básica’, ‘un fútbol que emocione’, ‘el equipo de mi vida’… Por muy grande, laureado o prestigioso que sea un entrenador, esas palabras únicamente pueden salir del corazón de alguien que pertenezca a una determinada familia, en este caso a la familia del Real Zaragoza. Solo entonces cobran los términos su significado preciso, porque los zaragocistas conocen bien el respeto a los vínculos, las exigencias de la lealtad, la fragancia de las emociones, saben qué supone ‘el club de su ciudad, el equipo de su vida’.

Víctor Fernández condujo al Real Zaragoza a su cima, la conquista de la Recopa de 1995, y ahora se ofrece a rescatarlo del infierno. Sin pedir nada a cambio. “No quiero nada, nada”, afirmó en el momento más emotivo de su intervención de bienvenida. Confieso mi reacción de escepticismo cuando sonó su candidatura. Yo entro de lleno en el grupo de quienes pensaron que el desafío no  podía aportar a Víctor Fernández nada positivo. Me equivoqué. En un trivial ejercicio de reduccionismo solo presté atención a las consecuencias de un posible fracaso. Y no atendí a las cuestiones del corazón. Posiblemente aleccionado por la menguante relevancia de esas cuestiones en el planeta fútbol.

El fútbol es un estado de ánimo. Concluido el desatino de Riazor, el alma de los zaragocistas peleaba por aferrarse a duras penas a la esperanza. La llegada de Víctor Fernández, por lo pronto, ha despertado a muchos del letargo y ha regenerado el espíritu de los irreductibles.

El Real Zaragoza continúa asomado al abismo. El peligro es real. Pero la penitencia se hace mucho más llevadera si quien conduce el timón es el mejor de los nuestros.

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