OPINIÓN

Un paso más… y el abismo

Rafael Rojas. 

jorge pombo mira al suelo

El Real Zaragoza encara el mes de diciembre asomado al abismo deportivo y social. Desorientado y sin mostrar apenas síntomas de reacción, el equipo de Lucas Alcaraz navega en los bajos fondos de la clasificación con la permanencia como único horizonte sensato. Eludir la Segunda División B y, con ello, una más que probable desaparición, se convierte desde ya en el objetivo. No hay más perspectiva.

Cierto que queda mucho, cierto que la Segunda es larga, cierto que el fútbol es extraño. Sí. Todo eso es cierto. Pero la principal certeza es que semana tras semana el Real Zaragoza incumple los parámetros mínimos de calidad y tensión necesarios para competir, que se ofusca al menor contratiempo y se ahoga en sus incertidumbres.

El pasado viernes, tras el espanto perpetrado ante el Cádiz, Pombo desafió a la sensatez y cometió un inocente desliz convertido por algunos en indecente salida de tono. Pombo debió ser más discreto, es evidente, pero no parece justo demonizar a nadie por expresar su duelo en un momento amargo. Su pecado de juventud es tan solo un síntoma más de la deriva del club entero, una estructura ‘fantasma’ en la que demasiados pesos pesados esconden la cabeza dejando pasar el temporal.

El patrono mayor, César Alierta, se deja ver por Boltaña cada dos años para lanzar optimismo de manual: “Van a venir buenos tiempos”, “vamos a subir porque es lo que se merecen Zaragoza y el Real Zaragoza”, “en los próximos años no va a haber problemas económicos”… En fin, esas frases que quedan de lujo en el sopor del verano y tienen la misma consistencia que un suflé. A su lado aparecen satisfechos los oligarcas de salón para abastecer de sonrisas ufanas al pope y adiós muy buenas. Hasta dentro de dos años.

Mientras, el presidente Lapetra cumple el mínimo institucional imprescindible y el director general Cuartero ni está ni se le espera para ofrecer una valoración, siquiera de compromiso. Nada. Por lo visto, pequeños accionistas, abonados y aficionados en general no merecen la menor explicación. Nada. El vacío. El silencio. El desprecio.

El Real Zaragoza es un moribundo. Seis años ya apartado de la élite, un decenio desde la vergonzosa operación Pignatelli en la que el presidente Iglesias (Marcelino) coronó al presidente Iglesias (Agapito) en un alarde megalomaniaco propio de quien ejerce el poder mirándose al espejo.

En los años 50 del pasado siglo, el primer presidente electo del Real Zaragoza, Cesáreo Alierta, aplicó un estricto plan de saneamiento para encauzar la trayectoria de un club hundido en la miseria económica, y lo logró sin la necesidad de aludir a falsas promesas, huyendo de expectativas infantiles. Limpió las cuentas, construyó La Romareda y puso los cimientos de los Magníficos. La historia lo tiene como un gran dirigente.

Los mandamases actuales, los presentes y los ausentes, toman el camino opuesto. Esconden la cabeza a ver si pasa la tormenta, pero los truenos cada vez resuenan más. Y la paciencia, casi infinita, se agota. Entonces ocurre que un chico, entre iguales, se va un rato de la lengua y tenemos el lío montado. Pues miren, no. Pombo pecó de indiscreción, pero el Real Zaragoza tiene pecados más capitales.

El panorama es aterrador, pero el fútbol casi siempre ofrece una segunda oportunidad. El domingo, los jugadores tienen en sus manos calmar las aguas, apaciguar el ambiente, ofrecer una dosis de árnica a sus seguidores. Seguir respirando pasa por ganar al Córdoba. Cualquier otro desenlace agrandaría una herida histórica. Zapater y su tropa deben tomar el mando de la nave, porque los capitanes de la planta noble ni están ni se les espera.

 

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