OPINIÓN

Vivir del aire

Jorge Rodríguez Gascón.

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El Zaragoza ha sumado 11 puntos en 12 jornadas. Lleva más de 80 días sin vencer en la Romareda, el lugar desde el que soñó con el ascenso la temporada pasada. Lejos han quedado los 30 de 33 puntos posibles de una segunda vuelta mágica en su estadio, irrepetible. Ahora mismo el Zaragoza vive pendiente de los puestos de descenso. Bloqueado, sin medios ni el orgullo que se necesita para cambiar la suerte. Transmite la sensación de ser un equipo derrotado antes del juego, un enfermo que planea su propio testamento.

La institución presumió al inicio de lo único que podía presumir. 27.000 personas creyeron en el ascenso. Desde el club asumieron que el seguimiento incondicional de la grada tendría incidencia en la competición. La unión con la afición había sido la gran victoria del último año, había dotado al Zaragoza de un poder especial, de la capacidad de competir contra cualquiera. La campaña de abonados fue una eficaz estrategia publicitaria. El curso de la temporada ha mostrado que se comerciaba con un valor de riesgo: los sentimientos de la gente. Desde el club, creyeron que algunos retoques podrían paliar la marcha de su mejor futbolista. Borja Iglesias se fue y brilla ahora en Primera División. Sus sustitutos, afectados por lesiones y problemas de confianza, no se acercan a las cifras del delantero gallego. Pero están todavía más lejos de aportar las soluciones en el juego que proponía Iglesias, de su carisma y de su sintonía con la grada.

La plantilla entera ha perdido poder en el cambio de piezas, entre otras cosas porque los jugadores que continúan no se parecen a los que fueron anteayer. Ahora, es fácil cuestionar a un equipo que ha sumado solo 3 de los últimos 24 puntos en juego, que no tiene una identidad en el campo ni futbolistas que cambien los partidos. El Real Zaragoza no calibró la dimensión de un posible fracaso. Y la derrota ante el Granada marcó una dolorosa ruptura con la afición. El Gol de Pie, la grada de animación que se estrenaba en la Romareda esta temporada, vitoreó de manera irónica los pases del Zaragoza. Una vez terminado el encuentro, tampoco aceptó las disculpas de los futbolistas.

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El plan institucional del Zaragoza se tambalea, se ha desandado el camino que se logró trazar la temporada pasada: un vínculo inamovible con la hinchada. Lalo Arantegui ha perdido credibilidad. Nos aferramos a él como un salvador y los resultados le han situado en un lugar frágil. Ayer, valiente, apareció en rueda de prensa para asumir responsabilidades: “Las expectativas tan altas que nos pusimos a principio de temporada, yo el primero, se han vuelto en nuestra contra (…) Hablar de más, decir que el Zaragoza tiene que estar entre los dos primeros todo el año es crear una expectativa que no beneficia a nadie”.

El director deportivo, que siempre abrazó la idea de un proyecto ambicioso a dos años, piensa ahora en la permanencia: “Tenemos 30 jornadas todavía para progresar en la categoría, pero en estos momentos hay que hablar sin tapujos: estamos peleando el descenso a la Segunda División B. Ahora mismo, hablar de otra cosa sería hablar de algo muy lejano. Me interesa lo que pueda pasar a corto plazo”.

La afición duda ahora de la institución, siente que ha vivido de una ilusión que no es real. Sospecha que la plantilla no da para mucho más y que el nivel de la competición ha subido, sin que el club haya aprendido de sus errores ni se haya reforzado lo suficiente.

Zaragoza creyó, ingenua, que podía vivir del aire.

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