PERFILES

Diego Verdasca. Y Pessoa resucitó en futbolista

verdasca

Siempre he sentido afinidad por los incomprendidos. Por los ajusticiados sentenciados por unos jueces poco empáticos y demasiado impacientes. Verdasca es un jugador portugués de apenas veintiún años. Fue capitán en el equipo filial del Oporto, el club más grande de su país y por tanto el que más carácter ganador tiene. Verdasca ha mamado esa exigencia, esa necesidad de superarse y no conformarse. Esa fue una de las razones por las que cambió un equipo ganador por uno que lo ha sido y que volverá a serlo muy pronto. Todos sabemos que el Zaragoza nunca se rinde y que volverá a su lugar, que es con los grandes de la primera división española.

Pudiera parecer que daba un paso atrás, pero cambió la comodidad de un equipo filial donde la presión es relativa por la obligación y responsabilidad de intentar subir a primera división a un equipo histórico, como lo es nuestro Real Zaragoza. Curtirse en una categoría donde la única caricia que recibes es el puñetazo que no has recibido porque el rival se equivocó en el cálculo de la fuerza y la distancia cuando quería dártelo. Verdasca es un jugador melancólico, de sonrisa agridulce, sabe que la alegría suele durar muy poco y por eso juega al límite, siempre enchufado y con ganas, a veces demasiadas, pero que sabe que son fundamentales para que los momentos felices se alarguen en el tiempo.

Diogo es silencioso, le gusta pasar desapercibido y no llevarse la gloria personal. Es un trabajador gris en la mejor versión del término. No quiere que las luces apunten hacia él, entiende y quiere que sean para Papu o Pombo, finos estilistas, que consiguen que éstas brillen más. Pessoa cuando llegaba a su pequeño apartamento se sentaba en su escritorio y escribía, no necesitaba nada ni nadie más, y lo que terminaba lo guardaba en un cajón, no tenía la necesidad de gloria de enseñárselo a nadie ni querer publicarlo, Verdasca cuando salta al campo, solo piensa en hacer bien su trabajo, en ponerle la prosa pétrea que él sabe darle, pues sabe que no tiene la poesía sedosa de su heterónimo más antiguo, Fernando Pessoa. El desasosiego es el que yo siento cuando parte de la grada y de la prensa no valoran su sentimiento trágico de la vida. Su valentía al aceptar de manera callada y profesional, como no podía ser de otra manera, el cambio de posición en el campo.

La falta de centrocampistas hacía que el entrenador necesitase inventarse alguna solución y allí estaba Verdasca, mirando para otro lado, pero no por miedo sino por la poca pretenciosidad que demuestran sus formas. Empezó dubitativo, como todos cuando nos sacan de nuestra zona de confort y todo son agujas que se nos clavan en la espalda y en las nalgas, querer escapar de una realidad que no es la nuestra y que cuando intentamos dormirnos para olvidar, el peor sueño es que esa realidad parece que no se va a marchar. Diogo fue cogiendo confianza, la que siempre ha tenido en sí mismo, ese es su motor y su principal virtud, jamás se esconde, pues sabe que al final el trabajo casi siempre tiene recompensa. Tanta que acabó dando pases bastante potables de media y larga distancia y una circulación de balón bastante aseada. Ahora ha vuelto a su puesto original, al apartamento donde Pessoa podía ser él mismo e inventarse la realidad por escrito, hasta confundir las dos. Verdasca es un futbolista que sueña en el campo con que lo es y que cuando se acuesta en su cama, la realidad se llena de delanteros a los que intentar defenderles y que solo se queda dormido cuando ha podido quitarles el balón.

Verdasca me recuerda muchas veces al caso de Diego Rico, también comenzó siendo pitado y puestas muy en duda sus capacidades para el fútbol profesional. Solo su carácter y saber que él tenía algo dentro hizo cambiar de opinión a la grada, a la prensa, porque a los entrenadores ambos jugadores siempre los han tenido de su lado. Esperemos que en el caso de Verdasca, si hay que venderle para mejorar la economía del club seamos nosotros los que hagamos negocio y no el Leganés de turno. Diogo es un jugador joven y con un potencial y un margen de mejora enorme y ojalá lo disfrutemos nosotros en La Romareda y en primera muchos años.

Verdasca no se busca heterónimos porque no le guste su realidad y necesite inventarse otras personalidades para hacer la vida más agradable o aguantable, se siente cómodo en su mismidad y tiene confianza en conseguir ser cada vez mejor futbolista. En su caso los heterónimos se los han puesto otros, que si era el nuevo Macky Bagnack, ese jugador camerunés procedente de la cantera del Barcelona, que sí era realmente malo y no tenía capacidades para estar en ningún terreno de juego, como  he escuchado en La Romareda y por las ondas. Verdasca ha demostrado que él si es un futbolista y no un fingidor, como éste o el poeta.

 

Manu Galvez.

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