PERFILES

Cristian Álvarez, el portero que venció a su sombra

Jorge Rodríguez Gascón.

Cristian Álvarez (grada 3)

A Cristian Álvarez dejó de gustarle el fútbol. Le aburría el envoltorio que rodea al deporte, el fanatismo, la trascendencia que se le da a los partidos, la ira que provoca el error. Siempre le gustó ser diferente, pero durante un tiempo fue incapaz de recordar lo que le había cautivado del juego. Se sintió un extraño o un prisionero: “Pará, esto no es para mí”.

Ser portero es una elección difícil. Visten de un color distinto a sus compañeros, viven el partido en soledad, sienten de cerca el apoyo o el desprecio de la grada. Su rendimiento depende de acciones puntuales, en las que deciden la suerte de sus equipos. Su misión es compleja: resolver un problema que el rival ya ha originado. Su acierto, además, se define de manera cruel, con un cliché que acompaña al juego: “El portero está para parar”. Su error, por el contrario, es casi siempre definitivo. El escritor ruso Vladimir Nabokov fue guardameta en su juventud. Describió con ingenio los secretos de su posición: “el trabajo del portero es como el de un mártir, un saco de arena o un penitente”.

A Cristian Álvarez ya le llamaban ‘loco’ antes de ser portero. Quiso ser delantero, pero descubrieron que no le gustaba correr demasiado. Encontró su sitio, el que le permitió ser profesional, bajo palos. Poseía reflejos, momentos de inspiración y una asombrosa seguridad en sí mismo. Debutó en Rosario Central y viajó joven, quizá demasiado, a Europa. Aterrizó un gato que vestía de roquero; ágil y desaliñado. Defendió, con algunos altibajos, la portería del Espanyol, San Lorenzo de Almagro y el Rayo Vallecano. Su fama de loco, o de raro, no solo partía de su estilo en la portería. Cristian Álvarez tenía inquietudes más allá del fútbol: era habitual verle frecuentando librerías, locales nocturnos, óperas o salas de microteatro. En las concentraciones, leía libros y sus compañeros lo veían como un signo de rareza. En un mundo propenso a las etiquetas, Cristian Álvarez era un bohemio, un tipo silencioso  que no compartía intereses con los demás futbolistas. Un portero que viajaba en metro al estadio y que llamó a su perro Arturo Bandini, el personaje central de las novelas de John Fante. En el Rayo Vallecano, uno de los equipos más particulares del fútbol español, Cristian Álvarez se sintió verdaderamente integrado en la cultura del club. Allí jugó, además, sus últimos minutos en Primera División. Su salida de Vallecas fue dolorosa. El Rayo descendió y su fichaje por el Cerro Porteño, un club grande de una liga menor, se interpretó como una derrota. Nunca se adaptó al equipo paraguayo. Sufrió algunas lesiones y se dio cuenta de que el fútbol ya no le hacía feliz. Llevaba años de terapia en los que no lograba frenar su ansiedad, su dolor. Sentía, en sus propias palabras, que “algo en su cabeza no funcionaba bien”.

Cristian Álvarez dejó el fútbol a los 30 años, sin ninguna intención de volver. Vivió más de un año en un pequeño pueblo en las montañas. Participó en algunos torneos de fútbol amateur y, poco a poco, recuperó la ilusión por el juego. El Real Zaragoza le esperó hasta los primeros días de agosto de 2017. Después de esa especie de retiro espiritual, Cristian Álvarez jugó, en su primera temporada en Zaragoza, los mejores minutos de su carrera. A su talento natural le ha añadido una ética de trabajo y un amor por la profesión que antes no tenía. El resultado ha sido incuestionable: Cristian Álvarez fue, de largo, el mejor portero de la categoría.

Un año después de su llegada, el Zaragoza ha conseguido prolongar su contrato. En su acto de renovación, Cristian Álvarez mostró su agradecimiento al club: “Al Zaragoza le debo la oportunidad de volver a sentirme futbolista, de volver a ser portero. Y eso es mucho.”

Vladimir Nabokov contó en Habla, memoria (Editorial Anagrama, 1986), algunos de sus años como guardameta en la Universidad de Cambridge. Analizó las virtudes y los defectos de su posición. Algunos de sus textos recogen las sensaciones de todos los que han sido porteros y definen también a Cristian Álvarez:

“El portero es el águila solitaria, el hombre misterioso, el último defensor. Más que el guardián de la portería es el guardián de los sueños”.

 

 

 

Foto: grada3.

 

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